12 01 2009

Salvando el capitalismo de si mismo (3): ¿Cuál camino para adelante?

En la medida que la crisis financiera se está extendiendo por los países desarrollados y comienza impactar también en los países de desarrollo, la pregunta se presenta inevitablemente: ¿será esto solamente una crisis cíclica más, aunque bastante maligna, o será que hay problemas más fundamentales en la manera en que “el sistema” está operando?Esta pregunta no es nada nueva, sino que se ha hecho reiteradamente desde que el capitalismo se impuso como el sistema imperante, ya que las crisis cíclicas han sido siempre una parte inherente de su manera de funcionar. El período de crecimiento económico relativamente estable que se ha presenciado en el mundo desarrollado desde mediados de los años ochenta ha llevado a muchos a creer que las crisis severas ya eran una cosa del pasado, con el argumento de que la globalización junto con mercados financieros más sofisticados han disminuido o hasta eliminado esta tendencia cíclica.

Pero de repente vino la crisis financiera que está por volverse la más severa desde la depresión de los años treinta del siglo pasado. Hay quien ha caracterizado la crisis actual como una aberración que no hay que tomar demasiado en serio, algo así como un desastre natural que probablemente se repetirá hasta en otros cien años (“un evento que pasa una vez en cien años” según el anterior presidente del Banco Central de EE.UU. Alan Greenspan). Aunque muchos de los acontecimientos que llevaron al desastre actual pueden explicarse perfectamente sin recurrir a teorías económicas demasiado sofisticadas, la crisis no fue prevista, lo que una vez más nos recuerda que los modelos económicos y econométricos actualmente en uso son inservibles para predecir la ocurrencia de crisis económicas. Pueden servir para predecir si el crecimiento el otro año será uno por ciento más alto o más bajo que él de este año, pero no para predecir el cambio en las tendencias más fundamentales de la economía.


En el presente artículo pretendo contribuir con algunas reflexiones modestas sobre lo que podría ser problemas más sistémicos que han ido acumulándose durante las últimas décadas. La razón por esta modestia es que hay aparentemente muchos aspectos de la economía internacional actual que no estamos entendiendo muy bien. No quiere decir que estas cuestiones necesariamente son las más importantes, pero considero que sí vale la pena detenerse un rato a reflexionar sobre ellas.


Aquí me limito a discutir dos fenómenos que pueden ser importantes en el corto a mediano plazo, y otro fenómeno que considero es importante a largo plazo.


Distribución de ingresos y poder adquisitivo


El primer fenómeno tiene que ver con la distribución de ingresos. Si consideramos la forma en que los ingresos se dividen entre trabajo y capital (lo que se llama la distribución funcional de ingresos), esta distribución se desarrolló en favor del trabajo en el período desde la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los años sesenta o el inicio de los años setenta, y a partir de ahí la participación del trabajo comenzó a descender. Se evidencia esta caída casi de forma universal, y es considerable (generalmente de 5-10% del PIB). Además, hay también una tendencia a una creciente desigualdad en la distribución de los ingresos, o sea una brecha creciente entre hogares con altos y bajos ingresos.


Este fenómeno en el mundo desarrollado no debe sorprender de todo. Es el resultado previsible de los procesos de globalización y migración. Cientos de millones de nuevos trabajadores de los países en desarrollo han sido incluidos en la economía global a través de la apertura del comercio internacional, lo que ha cambiado la correlación de fuerza en detrimento a los trabajadores en los países desarrollados, particularmente para los trabajadores de bajo nivel educativo en sectores expuestos a la creciente competencia internacional (más que todo en las industrias de baja y mediana tecnología). Esta tendencia ha sido reforzada por la migración, que también ha incrementado la competencia para los puestos de trabajos que no requieren de un alto nivel educativo, particularmente en el sector de servicios. En tales circunstancias, no debe sorprender que los sindicatos han sido debilitados. No es necesario recurrir a explicaciones complicadas para entender este retroceso de los sindicatos, por ejemplo que los jóvenes ahora tienen actitudes más individualistas o que los sindicatos no han sido capaces de adaptarse a los nuevos tiempos (aunque son fenómenos que indudablemente también han contribuido). Tampoco debe sorprender que el efecto ha sido más fuerte en los países donde la apertura al comercio internacional y a la migración ha sido más radical.


Una distribución de ingresos más desigual implica normalmente que a nivel macro el ahorro sube y el consumo baja, ya que las personas con mayores ingresos generalmente usan una fracción menor de sus ingresos para consumo. Sin embargo, esto no ha sido el caso, y la razón principal es que el acceso a crédito se ha facilitado. Dicho en caricatura: muchos trabajadores han recibido créditos en lugar de incrementos salariales (y – lo que es un poco difícil de entender – parece que lo han aceptado sin mayores problemas). El resultado ha sido de forma general en los países desarrollados, y particularmente en EE.UU., que el ahorro en la economía se ha reducido, y los hogares se han vuelto más y más endeudadas. Por lo tanto, la crisis crediticia actual no debe sorprender, dado que muchas familias sobre-endeudados ya no están en condiciones de repagar sus deudas.


El salario tiene el doble carácter de ser un gasto para el empleador individual, al mismo tiempo que los salarios en su totalidad representan el poder adquisitivo para poder comprar lo que los empleadores están produciendo. De manera que para el empleador individual es una venaja si otros empleadores pagan incrementos salariales a sus trabajadores, al mismo tiempo que él mismo puede evitar hacerlo. Del punto de vista de los empleadores, las últimas décadas han representado una situación ideal: las ganancias han crecido de forma más rápido que la economía en general, pero no obstante la demanda también ha seguido creciendo. Esto es algo que fomenta el optimismo entre los inversionistas y genera más crecimiento. Pero obviamente no es posible continuar de esta forma a la larga: en algún momento tiene que detenerse la caída de la participación de los trabajadores en los ingresos y el crecimiento extraordinario de las ganancias llega a su fin.


Sobre la base de este análisis se puede argumentar que para superar la crisis actual, es necesario que los países desarrollados (y algunos países en desarrollo también, particularmente China) permiten un incremento general en los salarios. Sin embargo, tomando en cuenta la correlación de fuerza actual entre el trabajo y el capital, una redistirbución de ingresos no es muy probable, y tampoco es muy probable que esta la correlación de fuerza cambie por el momento, ya que la debilidad de los trabajadores se debe a la movilidad del capital y su capacidad de poder mover la producción geográficamente según su conveniencia. Se puede argumentar que negociaciones centralizadas por ejemplo en la Comunidad Europea podrían ser una forma de reforzar la posición de los trabajadores, pero parece actualmente ser un sueño lejano. En el caso de EE.UU. es impensable.


El frenesí de ahorro en Asia


El segundo fenómeno es la interminable acumulación de reservas internacionales, particularmente en los países asiáticos, pero también en otros países. Casi todos los países del mundo salvo los EE.UU. han mantenido un superávit en su cuenta corriente los últimos años (que tiene su contrapartida en el déficit abismal de EE.UU.), pero las reservas más importantes han sido acumuladas por Japón, China y otros países asiáticos. En el caso de China, contradice toda lógica. China es un país en vía de desarrollo con necesidades inmensas de inversión en infraestructura, salud y educación, pero se ha dedicado a usar una parte importante del ahorro para financiar el déficit del gobierno de EE.UU. y proveer capital a las empresas estadounidenses. Conforme la teoría económica, esto solamente daría sentido si las inversiones en EE.UU. son más rentables que en China, lo que es difícil de creer.


Es obviamente imposible para todos los países del mundo tener un superávit en su cuenta corriente – para todo superávit debe haber un déficit correspondiente en alguna parte, ya que la suma es cero. Alguien tiene que comprar lo que se produce – o no sería producido de todo. La pregunta es, por qué los países asiáticos están tan obsesionados en mantener un superávit en su cuenta corriente y acumular reservas internacionales. Vista de forma global, es una estrategia que más bien conduce a nuevas crisis.


Una de las razones la podemos encontrar en la crisis financiera que afligió a Asia en 1997. En los años antes de la crisis, la liberalización de flujos de capital había resultado en un ingreso masivo de capitales extranjeros, creando así un fácil y barato acceso a crédito (en muchos casos denominados en moneda extranjera), burbujas en el mercado inmobiliario y crecientes déficit en la cuenta corriente. La crisis desató una desconfianza en las monedas locales (entre ellos el Bath de Tailandia, la Rupia de Indonesia y el Won de Corea), finalmente conduciendo a una devaluación masiva, y para poder seguir pagando su deuda externa varios países tenían que acudir al Fondo Monetario Internacional (FMI) (entre ellos Tailandia, Indonesia, Corea de Sur y Filipinas). La crisis de estos países no era muy diferente a la crisis que está afectando actualmente a EE.UU., pero la respuesta del FMI era muy diferente de lo que ahora aparentemente todos piensan es la correcta. En lugar de proveer liquidez, se restringía la oferta de dinero. En lugar de una política fiscal expansiva para evitar una caída demasiado seria en la demanda, se recetó recortes del gasto público. Además, el FMI impuse una serie de “medidas estructurales”, exigiendo privatizaciones, la disolución y venta de conglomerados industriales golpeados por la crisis y desregulación de la economía. En breve, una ofensiva neoliberal generalizada.


Como lo explica el entonces Economista en Jefe del Banco Mundial: "Yo pensé que esto era un error. Primero, contrariamente a los países Latinoamericanos, los países del este asiático ya tenían superávit fiscal. En Tailandia, el gobierno tenía un superávit fiscal tan grande que estaba privando la economía de inversiones públicas muy necesarias en educación e infraestructura – ambas imprescindibles para lograr crecimiento económico. Y los países del este asiático ya tenían una política monetaria muy restrictiva: la inflación era baja y con tendencia a bajar aún más (.. ) El problema no era gobiernos imprudentes como en Latinoamérica; el problema era un sector privado imprudente – todos estos banqueros y prestatarios, por ejemplo, que especulaban en la burbuja inmobiliaria.” La evidencia nos indica que países que lograron evitar un acuerdo con el FMI tuvieron mejor suerte, entre ellos China (que no había liberado los flujos internacionales de capital) y Malasia (que rechazó un acuerdo con el FMI y optó por manejar la crisis introduciendo nuevamente un control con los flujos de capital).

La conclusión que muchos países asiáticos han sacado es que lo peor que les puede pasar es tener que acudir al FMI - “caer en las garras del FMI” – y para evitar que esto les pasará en el futuro, están acumulando reservas internacionales. Y no solamente es el caso de países asiáticos: muchos países del oriente medio, Rusia y aún muchos de los “eternamente irresponsables” países latinoamericanos han tenido grandes superávit y han acumulado reservas internacionales.


Para el sistema monetario internacional esta acumulacón constituye un desastre, pero auto-inflingido. Los países desarrollados dominantes han por décadas abusado de forma irresponsable del FMI para imponer sus políticas preferidas en otros países, y las consecuencias es que la organización ahora no sirve pare lo que fue creado: mantener la estabilidad del sistema monetario internacional. El FMI se ha vuelto por lo tanto más y más irrelevante. Ha perdido su clientela con la excepción de los 25-30 países en desarrollo más pobres, que no tienen otra opción que continuar firmando los programas convencionales de ajuste estructural, mientras que la mayor parte de los países de desarrollo de ingreso medio ya han pagado sus deudas y cortado las relaciones con el fondo. La presente crisis implica que algunos de los viejos clientes están buscando el FMI de nuevo. Esta vez el fondo ha reaccionado de forma más ágil y ha dado préstamos de emergencia sin las normales condiciones onerosas. Se ha dado prioridad a los buenos estudiantes del aula, los que el fondo considera tienen “políticas económicas sanas” (entre ellos México, El Salvador, Turquía, Islandia y algunos países de Europa del Este), y también algunos que tienen políticas económicas menos sanas, pero donde es políticamente conveniente (como Ucrania y Pakistán).


La falta de confianza en el FMI de parte de los países de ingreso medio constituye un problema serio para el sistema financiero internacional. Cuando una parte importante de estos países se empeñan en acumular reservas para poder resistir una crisis financiera, ellos mismos contribuyen a provocar esta crisis. Para salvar el capitalismo de si mismo, es por lo tanto imprescindible re-definir completamente el FMI o crear otros mecanismos para llenar este rol. A pesar de toda la retórica sobre la necesidad de un nuevo acuerdo Bretton-Woods, no se ha visto hasta el momento ningún intento serio en este sentido, y dado que tiene implicaciones geopolíticas no será fácil lograrlo. Los países asiáticos están considerando las posibilidades de crear mecanismos monetarios regionales que pueden llenar este vacío, igualmente que los países latinoamericanos más grandes (particularmente Argentina y Brasil que constituyen el núcleo de MERCOSUR). Si no se toma medidas con urgencia, todo el sistema financiero internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial puede llegar a desintegrarse.


El anhelo indeterminable de crecimiento

El tercer fenómeno, que es una cuestión de largo plazo de un carácter cada vez menos filosófico, es la relación entre el capitalismo y el crecimiento económico. El capitalismo ha sido históricamente muy potente para crear crecimiento económico. Sin embargo, ahora se está evidenciando los límites para este crecimiento. La mayor parte de los recursos que alimentan el proceso de crecimiento no son renovables y se agotarán en algún momento. Algunos recursos ya están bajo bastante presión, particularmente los recursos hídricos y los hidrocarburos. A esto se agrega que los llamados efectos externos (lo que normalmente llamamos la contaminación) implican amenazas para el futuro de nuestro planeta, particularmente por el proceso de cambio climático provocado por la emisión de dióxido de carbono.


El capitalismo parece estar íntimamente ligado al crecimiento. Como lo expresa Marx en su frase famosa: “Akkumuliert, akkumuliert! Das ist Moses und die Propheten!” (Acumula, acumula! Esto es Moisés y los Profetas!). ¿Será que el capitalismo puede adaptarse a un mundo donde la acumulación es restringida? No hay nada en la teoría económica que indique que sea imposible. Pero en la práctica uno puede tener sus dudas.


Los problemas actuales de cambio climático podría en principio resolverse poniendo un impuesto mundial a los hidrocarburos, más alto para los que contaminan más, como carbón (y la arena bituminosa de Canadá). Supongamos por ejemplo que se pusiera un impuesto de 200 dólares a cada barril de petróleo (o su equivalente) con un compromiso de mantenerlo ahí. Muchas soluciones alternativas se volverían de repente rentables y el uso de hidrocarburos caería rápidamente en la medida que el mundo comience a invertir en energía eólica, solar, hidráulica o lo que sea, y la demanda total de energía también bajaría por el precio más alto. Ese mecanismo no es difícil de entender, pero aún así es muy poco probable que se haga realidad. La primera razón es que hay intereses establecidos muy poderosos en el sector energético y en los sectores que dependen del uso de energía (como la industria automotriz y de aviación). La segunda razón es que muchos tienden a pensar que esto impediría el crecimiento económico, es decir que el sistema no es compatible con energía cara. La tercera razón es que no existe un mecanismo mundial para medidas concertadas y obligatorias, así que aun sí algunos países se ponen de acuerdo, otros se aprovecharían más bien (el problema del “free rider” como se puede ver actualmente en el caso de los EE.UU. y Australia en el acuerdo de Kyoto). Esto no quiere decir que no hay un camino para adelante, pero desafortunadamente es probable que buscando un consenso entre todos, las medidas serán insuficientes y demasiado tarde. Las primeras reacciones a la crisis económica actual no son nada alentadoras, ya que varios países están ahora subsidiando su industria automotriz, por ejemplo pagando subsidios a los compradores, entre ellos Alemania y China (que también ha bajado el precio de gasolina). La conclusión es que no hay muchos señales de que haya voluntad de cambiar el modelo económico actual basado en la existencia de energía abundante y barata.


Un corolario a esta aparente imposibilidad de reconciliar el capitalismo con un crecimiento económico bajo (o cero) es la discusión sobre la inmigración en Europa. Es común ver el postulado que es necesario promover la inmigración por la falta de crecimiento demográfico, ya que en el futuro habrá más viejos y menos jóvenes. Este postulado es igual a decir que una sociedad en la cual la población no crece es inviable, lo que implica que vamos hacia un desastre en algún momento en el futuro, por que todos sabemos (salvo algunos locos y un número elevado de economistas) que un crecimiento exponencial no puede continuar indefinidamente (pregúntaselo a un matemático). Si nuestra sociedad realmente es incompatible con una población que se estabiliza numéricamente, ya es hora de comenzar buscar otra forma de organizarnos antes de que sea demasiado tarde.

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Thorbjorn Waagstein

Thorbjørn Waagstein, Economist, PhD, since 1999 working as international Development Consultant in Latin America, Africa and Asia.

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