Las "sanciones del infierno" no produjeron el esperado colapso de la economía rusa. La mayoría de las principales instituciones financieras internacionales esperan ahora que la economía rusa crezca en 2023, tras un crecimiento negativo del 2,1% en 2022 - el primer ministro ruso espera un crecimiento de al menos un 2% en 2023 (a menos que ocurra alguna calamidad inesperada). Esto ha dejado a muchos observadores de Rusia rascándose la cabeza: ¿cómo puede ser posible con todas las sanciones impuestas por los países de la OTAN+? ¿Están los rusos desafiando a la gravedad?
Por supuesto que no. Y por supuesto que el impacto de las sanciones ha sido severo. En 2021, antes del comienzo de la guerra en Ucrania, escribí aquí sobre lo que ocurriría en caso de guerra y de las esperadas "sanciones del infierno": “Si se imposibilita por completo el comercio, el petróleo ruso seguiría llegando al mercado mundial, pero el flujo de gas natural de Rusia a Europa se detendría. Habría una situación caótica durante algún tiempo, durante el cual estas (las empresas rusas) se apresurarían a encontrar nuevos proveedores, a nivel local o en otros países. Sin embargo (...), no sería el día del juicio final ".
A grandes rasgos, fue lo que ocurrió. Los principales productos de exportación rusos siguen llegando a los mercados mundiales, aunque, en el caso del petróleo, ahora por mar y no a través de oleoductos hacia la UE. El transporte se ha encarecido y los exportadores rusos han tenido que ofrecer descuentos para atraer a nuevos clientes (principalmente India y China). Además, Rusia ha reducido la producción de gas natural por problemas con los mercados.
Las industrias locales han tenido que buscar nuevas fuentes de insumos. Algunos insumos se producen ahora en Rusia, otros proceden principalmente de China, India y Turquía, y otros llegan como importaciones paralelas (a través de terceros países). Como estaba previsto, algunas industrias se han visto seriamente perjudicadas durante un tiempo (por ejemplo, la producción de automóviles, que se espera que en 2023 alcance sólo el 50% del nivel de antes de la guerra, o la producción de aviones comerciales nacionales, en los que ha sido necesario modificar los modelos existentes para sustituir las piezas procedentes de países "hostiles" por producción local (lo que ha provocado varios años de retraso).

La producción de automóviles en Rusia se hundió en 2022 por falta de piezas y baja demanda. La foto muestra el Lada Vesta, introducido en 2015, cuando Renault todavía era propietaria de Autovaz. Su producción se detuvo por completo en 2022, pero se reanudó en 2023 con una nueva versión sin piezas occidentales (Vesta NG). Los frenos ABS y el EPS se han conseguido en otro lado, probablemente China. Salió a la venta en junio de 2023 (a un precio de unos 18.000 dólares para la versión básica).
Ahora que la economía rusa está creciendo de nuevo, el principal obstáculo es la escasez de mano de obra, ya que el desempleo está en un mínimo histórico (3%) y las empresas están contratando más trabajadores, sobre todo trabajadores calificados e ingenieros, especialmente en los sectores de ingeniería y tecnologías de información. No es nada sorprendente, ya que a la medida que producción local está desplazando productos importados, por supuesto que se requiere más mano de obra. Por consiguiente, el salario real está creciendo, sobre todo en los sectores con mayor demanda. Debido a la escasez de mano de obra, algunas empresas están invirtiendo ahora en tecnología mejorada, por ejemplo robots industriales (donde Rusia está rezagada) o el uso de robots en la agricultura (donde es particularmente difícil atraer trabajadores).
La rápida adaptación de la economía rusa a las sanciones no sólo ha sorprendido a los observadores occidentales, sino también a los propios rusos. Cuando se derrumbó la Unión Soviética, la nueva generación de dirigentes del sector público y privado adoptó sin reservas la narrativa neoliberal dominante y, como suele ocurrir, los recién convertidos resultaron ser "más católicos que el Papa", con una profunda desconfianza en el rol del Estado en la economía. Privatizaciones, desregulación, impuestos bajos, libre comercio y flujos financieros libres se consideraron el único camino eficaz hacia la prosperidad económica: adoptaron la versión más cruda del "Consenso de Washington".
El neoliberalismo predomina todavía en el pensamiento de muchos economistas y políticos rusos, sobre todo en el Banco Central. Un buen ejemplo es Alexei Kudrin, que empezó a trabajar para Boris Yeltsin en 1996 y fue ministro de Finanzas de 2000 a 2011, hasta hace poco uno de los asesores de mayor confianza del presidente Putin. Declaró la ruina de Rusia tras la anexión de Crimea en 2014, y de nuevo tras la invasión de Ucrania, afirmando que "la economía rusa está en camino a la mayor contracción desde 1994". Evidentemente, se equivocó y parece que ahora está algo marginado del poder.
Las sanciones han obligado a los rusos a cuestionar el dogma neoliberal. A modo de ejemplo, el Presidente ruso admitió en 2021 que había quedado sorprendido "por el hecho de que el esfuerzo ruso de sustitución de importaciones haya dado resultados "serios", aunque tenía "ciertas preocupaciones" cuando comenzó" (hay una buena reseña general de los retos que enfrenta Rusia en este documento de unos investigadores chinos).
La "política industrial" rusa, con su esfuerzo por sustituir las importaciones y crear lo que llaman "soberanía tecnológica" en áreas consideradas importantes, sobre todo desde 2014, ha sido a menudo ridiculizada, dentro y fuera del país, como una política errónea que implica altos costos y no produce prácticamente ningún efecto. Es incorrecto decir que no ha habido efectos, ya que hay muchos ejemplos de desarrollo de nuevos productos nacionales, y algunos resultados son muy visibles, sobre todo en el sector agrícola y en la industria alimenticia, pero también en, por ejemplo, la aviación y la industria de maquinaria. Sin embargo, creo que es correcto decir que este proceso ha sido muy lento hasta la invasión de Ucrania en 2022. Las "sanciones del infierno" han evidentemente creado un nuevo sentido de urgencia, y las cosas por fin han empezado a moverse más rápidamente. Como dice el dicho: ”la necesidad es la madre de la invención”.

El avión ruso MC-21, similar al Boeing 737 y al Airbus 320, fue desarrollado originalmente usando muchas piezas occidentales (motor, tren de aterrizaje, sistema aviónica, etc.). A medida que las sanciones se han agudizado desde 2014, el avión ha tenido que ser modificado varias veces. El MC-21-310, que ya no tiene ningunas piezas de "países hostiles", se ha retrasado así varios años. El motor nacional PD-14, que sustituirá al estadounidense Pratt & Whitney PW1000G, fue certificado en Rusia en diciembre de 2022. Una versión más pequeña (PD-8) para el "Superjet 100" regional está en proceso de certificación, y otra más grande para los futuros aviones de fuselaje ancho está en desarrollo (PD-35).
Este tipo de procesos son tan lentos, principalmente por la inercia, o incluso por la pereza. Imaginemos, por ejemplo, una empresa rusa de petróleo, gas o minería que tenga que elegir entre recurrir a un proveedor (occidental) de confianza de equipos y tecnología o comprar o desarrollar un producto nacional. A estas empresas no les hace falta fondos, pero es mucho más fácil y menos arriesgado simplemente comprar productos importados probados. El riesgo de interrupción del suministro no se consideraba un problema serio - hasta ahora. Un buen ejemplo es la empresa privada Novatek, el mayor productor de gas natural licuado (GNL) de Rusia. Había desarrollado y patentado su propia tecnología GNL, pero cuando la primera línea de producción piloto tuve dificultades, decidió seguir con tecnología importada para el resto de las líneas de producción (de la empresa austriaca Linde). Ahora, bajo sanciones, han seguido desarrollándola y de repente están convencidos de que sí puede funcionar. Hay muchos ejemplos similares. Al retirarse de Rusia la empresa alemana Siemens, el país dejó de tener acceso a las grandes turbinas de gas de ciclo combinado que utilizan las centrales eléctricas para producir electricidad a partir del gas natural: una catástrofe venidero cuando habrá que reemplazar las turbinas existentes. Ahora, un prototipo (llamado GTE-170) ha superado con éxito las pruebas y la empresa promete fabricar ocho al año, lo que cubriría las necesidades del país (y, según alega la empresa, le permitiría recuperar los gastos de desarrollo en cuatro años). Antes de las sanciones, hubieron tenido dificultades para vender estas turbinas nacionales por carecer de historial, pero ahora no, ya que las turbinas de Siemens o GE están fuera de alcance. Algo parecido ha ocurrido con los grandes motores de diesel o gas para barcos. En el sector del software, tanto las administraciones públicas como las empresas privadas están acostumbradas a usar programas occidentales, y el cambio a programas nacionales supondría interrupciones en el trabajo y gastos, ya que habría que cambiar los sistemas y procesos y capacitar al personal (aunque luego se ahorrarían gastos por la licencia). Ahora, de repente, se muestran interesados en el software nacional, que en muchas áreas está bastante desarrollado a pesar de las escasas oportunidades de mercado, por lo que el sector está ahora en auge y trata desesperadamente de contratar a más gente. Y así sucesivamente.

Desde que comenzó el conflicto con Ucrania en 2014, Rusia ha tenido problemas con el suministro de motores grandes para barcos. United Engine Corporation (UEC), parte de Rostec, ha desarrollado la turbina de gas diésel M55R de con una potencia de 27.500 HP. Foto del astillero Severnaya Verf.
Lo que ocurre es que las sanciones son un arma de doble filo. Hacen daño al país sancionado, pero también le obligan a desarrollar su propia producción, y si dispone de una base de conocimientos técnicos y de obreros cualificadas, ingenieros e investigadores, puede ser capaz de hacerlo. Es probable que el país imponiendo sanciones haya perdido estos mercados para siempre. Muchas empresas occidentales correrán probablemente esta suerte debido a las sanciones contra Rusia y China.
La historia de muchos países, particularmente asiáticos, demuestra que la política industrial puede conducir a un rápido desarrollo, pero los resultados no están garantizados. La política industrial también puede degenerar en corrupción y subvenciones a productores ineficaces, o en una promoción innecesaria de la producción local aun cuando no hay riesgos de seguridad y las importaciones pueden proporcionar los productos a menor costo. Para que la política industrial tenga éxito es necesaria una fuerte inversión en educación, investigación y desarrollo, y vínculos sólidos entre las instituciones académicas y la industria son esenciales. Además, como he señalado antes, hay requisitos considerables en el ámbito de la calidad de la administración pública, la legitimidad política y la gobernabilidad.
La política industrial de antaño consistía principalmente en la protección arancelaria, por ejemplo en EE.UU. en el siglo XIX y parte del siglo XX, pero desde entonces muchos países han utilizado políticas más sofisticadas y eficaces, por ejemplo Francia, Japón, China y Corea del Sur (recomiendo el libro "Pateando la escalera: Estrategia de desarrollo en una perspectiva histórica", del economista institucional surcoreano Ha-Joon Chang, para una excelente reseña no-técnica).
Se consideró que el Consenso de Washington había enterrado para siempre la "economía del desarrollo". Para un viejo economista del desarrollo como yo, que nunca ha creído que el neoliberalismo fuera el camino hacia la prosperidad para los países en desarrollo, es una satisfacción ver que una visión más matizada del desarrollo económico, sólidamente basada en la historia y no en teorías neoclásicas simplistas, vuelve a estar de moda, al menos en parte del mundo.
Es fascinante ver cómo las clases parlanchinas de los países occidentales desechan con desdén la noción de que los países sancionados puedan tener futuro. En esta visión condescendiente, sólidamente arraigada en el pensamiento colonial hegemónico, es imposible que otros pueblos como los chinos y los rusos puedan prescindir de la brillante cultura y civilización occidentales. Estar "aislado" de este mundo civilizado, del "jardín de Borrell”, significa convertirse en un paria, y conducirá inevitablemente a la pobreza y la decadencia. Se lo creen de verdad. Los pobres.
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Una nota sobre el crecimiento económico en Rusia
Como ya he señalado antes, hay quien niega que haya algo que explicar sobre la economía rusa: la apariencia de solidez es falsa, es el resultado de que los rusos ocultan y distorsionan los datos y de que organizaciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial se dejan engañar por los rusos. En realidad, la economía rusa ya colapsó.
El origen de esta rocambolesca historia es el profesor Jeffrey Sonnenfeld. Obtuvo su MBA y su doctorado en la Universidad de Harvard y comenzó a dar clases en Harvard Business School, trasladándose luego a la Universidad de Emory. Tras un oscuro conflicto en Emory, donde al parecer fue injustamente incriminado y despedido tras un escándalo público, consiguió remontar y fue empleado por la Yale School of Management, donde creó su propio Instituto, al que llama "The Chief Executive Leadership Institute". Su especialidad es cursos para ejecutivos de grandes empresas y la investigación en liderazgo corporativo, y ha escrito un libro -basado en su propia experiencia- sobre cómo ejecutivos caídos en desgracia pueden remontar.

En 1929, el reportero de investigación Tintín parte hacia la Unión Soviética para revelar la verdad sobre el comunismo y, de paso, encontrar el famoso "oro de Moscú". Consigue revelar que la industrialización soviética era una mentira: las fábricas estaban vacías y un trabajador estaba echando paja húmeda en un horno para sacar humo por la chimenea. El profesor Sonnenfeld parece haberse inspirado en este ejemplo. https://www.tintin.com/fr/albums/tintin-au-pays-des-soviets
No tiene ninguna relación con Rusia, aparte del hecho de que sus abuelos emigraron de la Unión Soviética a Estados Unidos en los años veinte, y nunca ha publicado nada sobre la economía rusa (por lo que he podido averiguar). Todas sus publicaciones versan sobre el liderazgo empresarial y, en particular, sobre el papel de los ejecutivos. Tras el inicio de la guerra de Ucrania, puso en marcha un proyecto para dar seguimiento a las empresas internacionales que han abandonado Rusia, deshonrando públicamente a las que han decidido quedarse. Sin embargo, se trata de un proyecto de activismo político, no de investigación. Aun así, se ha enzarzado en un enfrentamiento muy público y acalorado con un grupo de investigadores de la Universidad de Gallen (Suiza), que reportaron que la mayoría de las empresas occidentales en Rusia siguen activas allí. No tengo opinión sobre esta disputa, y no tiene relevancia aquí.
Sonnenfeld tiene un perfil público muy alto, y sus declaraciones sobre la economía rusa son ampliamente difundidas en los medios de comunicación occidentales - parece que el nombre “Universidad de Yale” impresiona a periodistas y editores, sobre todo cuando el mensaje es uno que les encantaría escuchar. Su falta de experiencia en macroeconomía o en Rusia no importa. Reprendió al FMI por "informar de forma temeraria" de un crecimiento negativo menor para Rusia en 2022 y -horror- proyectar un crecimiento positivo para 2023. "¿Por qué el FMI está dándole cuerda a la propaganda económica de Putin?", pregunta. “Con 'visibilidad cero' en la economía rusa, el FMI está repitiendo como un loro la línea de Putin", escriben él y sus colegas.
Bueno, la mayoría reconoce que las sanciones no funcionaron como se esperaba y que la economía rusa ahora está creciendo. Sólo para acabar con la fantasiosa historia de Sonnenfeld, este título de Reuters: "La actividad manufacturera rusa crece por decimocuarto mes consecutivo en junio (2023)". Esto es según el Índice Global de Gerentes de Compras (PMI) de la consultora estadounidense Standard & Poor's para el sector manufacturero, y se basa en entrevistas con líderes de las principales empresas manufactureras de todo el mundo, incluida Rusia. A título comparativo, en junio de 2023 el PMI de Rusia fue de 52,6, mientras que el PMI global (mundial) se situó en su nivel más bajo en seis meses, con 48,8 (por debajo de 50 significa contracción). Así que, por desgracia para Sonnenfeld, parece que Standard & Poor también se ha dejado engañar por las "mentiras de Putin".
